dimecres, 30 de març del 2016

EL HOMBRE QUE SE MARCHÓ




                                          Ha nacido una estrella                                          
                                          (A Star Is Born, George Cukor, 1954)




 Una panorámica de las luces nocturnas de la ciudad de Los Ángeles sirve de fondo a los títulos de crédito de este film de George Cukor*. Al terminar éstos un haz de potentes focos que apuntan al cielo, en un extremo del encuadre, reclaman nuestra atención: un brusco raccord combinando imágenes de archivo con efecto de cámara al hombro nos conducirá al "meollo" del asunto, que no es otro que una de las así llamadas galas benéficas con las que el también así llamado mundo del cine busca cumplir con su cuota social al tiempo que promociona a sus astros. Pero que las apariencias no nos lleven a engaño: ni el oropel de autos, joyas y pieles es tan brillante (plano de uno de los enormes focos quemándose) ni la principal atracción de la velada se encuentra allí (la llegada del jefe del estudio acompañado de la starlette de turno, incluida una sonrojante comparecencia ante los micrófonos a pie de calle, no es más que un señuelo). Norman Maine, el hombre cuya llegada todos esperan, en cierto sentido ya se marchó.

 Quien sí se encuentra allí es Esther Blodgett (Judy Garland), integrante de una de las bandas encargadas de amenizar la velada, y que a pesar de su condición de "relleno" del espectáculo demuestra a las claras que quien domina las tablas es ella: cuando, finalmente, Norman Maine (James Mason) hace acto de presencia (en estado de embriaguez) y consigue salir al escenario a pesar de los esfuerzos por impedírselo del agente Matt Libby (Jack Carson, quien carga con el personaje más antipático de la función) es Esther quien salva la situación improvisando un número musical con Maine. Irónicamente, cuando más adelante se haya convertido ya en Vicki Lester y en auténtica estrella del evento, durante la entrega de estatuillas de la Academia, no podrá evitar el fiasco - la bofetada involuntaria que le propina un Norman de nuevo borracho (y en verdad, ¿cuándo ha dejado de estarlo?) -. Y es que, digámoslo ya, Ha nacido una estrella chez Cukor es un bello film de presagios, el camino de un hombre al encuentro de su fatalidad, cuyas señales pueden estar tanto marcadas con carmín en una pared desconchada como intuidas en las olas que van a morir en una playa doméstica. Para ello el realizador tuvo que trascender la condición de musical hecho a la medida de Judy Garland, que era la idea inicial de la Warner y cuyo resabio mayor lo constituye el extenso "Born In A Trunk", rodado y remontado cuando ya Cukor se encontraba en la India localizando exteriores para Cruce de destinos (Bhowani Junction, 1956). Por contra, la concepción de las canciones en la puesta en escena de Cukor enlaza con la propia raíz etimológica del término melodrama (drama con música): así lo certifican la estremecedora "The Man That Got Away", que Norman le escucha a Esther -significativamente- desde la penumbra del garito (puesto que él pertenece ya, de hecho, a las sombras) o la definitivamente -por el contexto en que se canta- siniestra "It´s A New World" con la que sin ella saberlo se está despidiendo de su esposo. Despedida, por cierto, rubricada no sólo momentos antes por el gesto de él ("sólo quería verte una vez más") si no presagiada con mucha antelación cuando vemos ese mismo gesto al final de la secuencia en que Norman le propone a Esther la "conquista" de la ciudad que se extiende a sus pies.

 Un film que funciona por acumulación, pues, acumulación de avisos funestos y también de sucesión de contrastes (que en ocasiones devienen choques violentos: la impúdica mano que agrede el rostro velado de Vicki a la salida del funeral) entre la autenticidad de los sentimientos que se profesan Norman y Vicki y la falsedad/artificiosidad del mundo en que viven. Los primeros no se circunscriben únicamente al ámbito de Norman Maine, afectan también a Esther/Vicki: cfr. la primera vez que visita el estudio, queda atrapada por una pantalla donde una carga de jinetes indios la arrolla figuradamente (y es lícito preguntarnos aquí por la naturaleza del inevitable final de su carrera de actriz), o cuando cae prisionera de una puerta giratoria, en "las redes" del cine ya para siempre. En cuanto a los segundos, se ven potenciados por la extraordinaria labor de la pareja protagonista, que vive, ama, se ilusiona o pasea su hastío, según el caso, por unos escenarios que revelan su impostura: Norman ni siquiera tiene un hogar, habita en el estudio, duerme en una alcoba que parece invocar al Liszt de "La lugubre gondola" con esos cortinajes oscuros -más que cama, semeja catafalco-; acude al Coconut Grove en busca de Esther, pero no le importa demorarse en la sórdida búsqueda de una ilusoria compañía femenina entre palmeras igualmente falsas. Más adelante, cuando ambos se sinceran y él intenta alejarla, consciente del malditismo que lo persigue, mientras ella le confiesa la naturaleza de sus sentimientos, antes han debido pasar frente a una enorme jaula que alberga unos papagayos posados en un simulacro de árbol: de nuevo, otra imitación de la vida. Una refinada manera de decir las cosas, la de Cukor, que prosigue en el instante en que Norman en su noche de bodas (una boda que tiene como testigos a...un par de vagabundos en chirona!) apaga la radio donde suena su esposa en la habitación del motel, para pedirle a la Vicki real que cante sólo para él. Dialéctica admirablemente expresada, como vemos, que alcanza su punto culminante en dos set-pieces antológicas: "Someone At Last", el número que Vicki improvisa en el comedor de su casa y donde se procura el atrezzo más impensado para vestir la felicidad que la embarga en ese momento, felicidad que fatalmente no está destinada a durar -véase el magistral cambio de expresión en el rostro de James Mason cuando le cierra la puerta al cartero, en un plano de espaldas cuya duración Cukor pauta con precisión de metrónomo- ; y la desgarrada confesión de Vicki a Oliver Niles (Charles Bickford, lacónico testigo del via crucis de la pareja) en el camerino, maquillada de clown y dispuesta pese a su congoja a "divertir" a la audiencia, plano secuencia cuyo exacerbado patetismo es digno del Leoncavallo de "Pagliacci".

 Y es el efecto de dicha acumulación la que nos conduce, con la inexorabilidad que tienen los destinos cumplidos, al más hermoso suicidio jamás filmado: Norman Maine se adentra no en el mar sino en su mar, en el encuadrado por las cristaleras del hogar (al fin uno) que se ha construido con Vicki, y no lo hace por ser un actor fracasado -por ello sólo se limita a beber- sino por su amor hacia ella; y a su colofón: el "Hello, Everybody. This Is Mrs. Norman Maine" que pronuncia Vicki Lester, puntuado por la grúa combinada con travelling de retroceso que la aísla en el escenario del Shrine Auditorium. Ambos momentos poseen la fuerza y la emoción de un crescendo operístico.

 Warner Bros., 1954. T.O.: "A Star Is Born". Productor: Sidney Luft. Director: George Cukor. Guión: Moss Hart, según un argumento de William A. Wellman y Robert Carson. Fotografía: Sam Leavitt, en Technicolor. Adaptación musical: Ray Heindorf. Canciones: Harold Arlen e Ira Gershwin. Montaje: Folmar Blangsted. Duración: 182/154/176 minutos. Intérpretes: Judy Garland (Esther Blodgett/Vicki Lester), James Mason (Norman Maine), Jack Carson (Matt Libby), Charles Bickford (Oliver Niles), Tommy Noonan (Danny McGuire), Lucy Marlow (Lola Lavery).

 *Los interesados por la historiografía recordarán que se trata de un remake del film del mismo título realizado por William A. Wellman en 1937, con Janet Gaynor y Fredric March en los roles estelares, que a su vez estaba inspirado en una película rodada precisamente por George Cukor en 1932, Hollywood al desnudo (What Price Hollywood?). En 1976 Frank Pierson perpetró una nueva versión, a mayor gloria de Barbra Streisand, que es más prudente olvidar.




































































dijous, 24 de març del 2016

LAS PIERNAS DE LORI SHANNON

Mi desconfiada esposa
(Designing Woman,
Vincente Minnelli 1957)



  Esta fábula sobre los avatares conyugales de una pareja neoyorkina en los happy fifties da comienzo con una interpelación directa al espectador: los diferentes actores del drama que va a escenificarse, por así decirlo, se presentan a la audiencia y se dan paso unos a otros con vistas a ponernos en antecedentes sobre el "suceso". No estamos sin embargo ante una quest en toda regla, a lo Rashomon para entendernos, donde cada uno irá exponiendo sus puntos de vista, puesto que aquí los interesados irán "traspasándose" la responsabilidad de relatarnos lo sucedido hasta llegar al último, dispuesto en efecto a contarnos todo lo que sabe...para acabar reconociendo que no sabe nada acerca del asunto. Es el efectivo modo con que realizador y guionista (George Wells, autor del libreto, merecedor por cierto de un Oscar por su labor) nos introducen en el artificio de lo que vamos a ver a continuación: la representación de una cierta manera de entender las relaciones entre hombres y mujeres o, como solía decirse antaño, "la guerra de sexos".

  Viniendo firmado por Vincente Minnelli, un director que siempre se consideró a sí mismo un esteta, dicho enfrentamiento no podía limitarse a una funcional ilustración de los hallazgos, más o menos ingeniosos, del guión. Lo interesante de la propuesta es que Minnelli entendió bien que el choque entre Mike Hagen (Gregory Peck), un cronista deportivo acostumbrado a bregar en los "bajos fondos" del oficio, y Marilla Brown (Lauren Bacall), una sofisticada diseñadora de modas que se codea con la bohemia chic, podía expresarse no sólo contraponiendo caracteres, usos y costumbres sino, sobre todo, mediante el enfrentamiento de decorados. Unos escenarios respectivos (para no alejarnos del símil de la representación a que aludíamos) que les pertenecen por entero, ora a Mike agora a Marilla, y que Minnelli singulariza merced a un gusto por la composición del encuadre, un trabajo con el contenido del plano y la disposición de los actores en el mismo, amén de un hábil aprovechamiento del formato panorámico, como pocas veces alcanzó en su cine (cfr., en un registro diferente, los logros de Como un torrente/Some Came Running, 1958).
 Y no nos referimos únicamente al (obvio) antagonismo de los apartamentos de uno -"no es el Taj Mahal" confiesa Mike del suyo; de "caja de zapatos" lo califica la voz en off de Marilla- y otra: véase la entrada de Marilla en el combate de boxeo, excesivamente vestida para la ocasión, puntuada por el afortunado detalle de los periódicos que sirven de pantalla a las salpicaduras de la sangre como explica solícito Mike a su atribulada esposa; no menos desplazado se encuentra éste en territorio de Marilla, como muestran la fiesta "sorpresa" con los amigos de ella -y muy significativamente, el único que se percata de que los pantalones no son de su talla y en definitiva advierte la existencia de Mike en ese ambiente que le es ajeno, es un antiguo pretendiente de los favores de Marilla, Zachary White(Tom Helmore): bonita forma de expresar que una mirada amorosa arroja también otra forma de mirar el mundo que rodea al sujeto de ese amor- o el pase de modelos en el local donde trabaja Marilla (vale la pena señalar las reacciones de Mike a los malintencionados comentarios de su esposa, o ante un ademán aparentemente inocente como servir el té). Escenarios bien delimitados, pues, lo cual no obsta para que en ocasiones confluyan en una suerte de rara armonía de antónimos: la partida de póker que se simultanea con los ensayos de una hilarante pieza teatral o el delirante clímax final en las bambalinas del teatro, una pelea coreografiada como si se tratase de un número musical más de la obra y que participa de su mismo artificio. Incluso en terreno neutral, por así decirlo, Minnelli trabaja a fondo la idea de la contraposición: en su encuentro en la piscina del hotel, Mike y Marilla están "separados" por el poste de un parasol que corta en dos el plano; más adelante, dicha separación se repetirá en la entrada del edificio donde reside ella, en esta ocasión jugando con la profundidad de campo, un taxi estacionado y el toldo del bloque de apartamentos. Ambas secuencias riman, de un modo casi musical, con el encuentro de Mike y Lori Shannon (Dolores Gray) en el restaurante: entre ellos no hay barrera visual ninguna, un centro frutal los une más que los distancia, y el encuadre elegido por Minnelli parece subrayar esa afinidad de espacios que es trasunto de la relación que los ha unido hasta entonces, poniendo especial énfasis en la posición de ella: la colocación de la actriz en el plano, como presta a "abrazar" a quien tiene delante, sugiere que en dicha relación una tiene dipositadas más esperanzas que el otro (como más adelante se encargará de verbalizar en un aparte en su camerino con Marilla).

  Al enriquecimiento de la función contribuye no poco la certera caracterización de los personajes, apoyada además por el buen hacer de todo el elenco (capitaneado, justo es decirlo, por el siempre excelente Gregory Peck: hay que fijarse en su medida gestualidad, como cuando imita el gesto de Marilla al reír o el baile del bongo del coreógrafo amigo de su mujer, Jack Cole); véase, en este sentido, la manera de definir a Maxie Stultz (Mickey Shaughnessy) por la forma que tiene de dormir, los modos como el jefe de Mike, Ned Hammerstein (Sam Levene), le hace presente del regalo de bodas o el hambre compulsiva de la enamorada Marilla. Por no hablar de la importancia que cobra el tratamiento de determinadas situaciones, gestos y objetos respecto al desarrollo de la trama: los bellos encadenados que relacionan las reticencias de Marilla ante los avances de Mike con sus consiguientes claudicaciones; la manera que tiene ella de morder el lóbulo de la oreja de él para sellar cada acercamiento amoroso; la fotografía rasgada de las piernas de Lori Shannon que servirá a Marilla para atar cabos -y que cobrará vida ante los desorbitados ojos de ésta-; el zapato agujereado de Mike que acabará en las fauces del perro de Lori, delatándolo así; las efusivas costumbres del can hacia los forasteros, que acabarán hermanando a Mike, a Marilla y a Zachary White, en este último caso en una suerte de premonición de su futura relación con Lori; o las palmeras californianas que Marilla señala a Mike, vistas por éste con un colorido distorsionado (ejemplar labor, por lo demás, la del operador: John Alton) a causa de su resaca, en lo que es el colofón de una jocosa "sinfonía" de ruidos cotidianos que para la jaqueca del periodista suenan a estallidos insufribles.

  Incluso los números musicales, casi inevitables si se hermanan términos como MGM y Vincente Minnelli, cobran pleno sentido y cumplen la función de hacer avanzar el relato (no se trata aquí del habitual relleno ni de meros intermezzi). Ambos corren a cargo de Dolores Gray: en el primero Lori canta algo así como "ahora todo va a ser distinto" ante la mirada de un incómodo Mike que se dispone, precisamente, a revelarle su reciente boda; el segundo se abre con un primer plano de las piernas inquietas de Marilla, contemplando el ensayo de la obra y ya muy mosqueada con el recuerdo de otras piernas, que no son otras que las de Lori como ha descubierto recientemente.

  Todo lo cual nos lleva a considerar que Minnelli, que a menudo flirteó peligrosamente con el kitsch y que en demasiadas ocasiones franqueó la barrera que separa lo sublime del simple y llano mal gusto (y el gag del fálico puro que Mike corta por lo sano casi es un amago en ese sentido), consiguió aquí uno de sus mejores trabajos.

 Metro Goldwyn Mayer, 1957. T.O.: Designing Woman. Productor: Dore Schary. Director: Vincente Minnelli. Guión: George Wells. Fotografía: John Alton, en Metrocolor. Música: André Previn. Montaje: Adrienne Fazan. Duración: 118 minutos. Intérpretes: Gregory Peck (Mike Hagen), Lauren Bacall (Marilla Brown), Dolores Gray (Lori Shannon), Sam Levene (Ned Hammerstein), Tom Helmore (Zachary White), Mickey Shaughnessy (Maxie Stultz), Jesse White (Charlie Arneg), Edward Platt (Martin Daylor), Chuck Connors (Johnnie "O"), Richard Deacon (Larry Musso), Jack Cole (Randy Owens), Dean Jones.